Como
cada mañana, las gotas empañadas de agua que la lluvia sacrificaba a la urbe se
arrojaban sin dubitación sobre los cristales translúcidos de los edificios, que
se ofrecían telarañosos al fugaz amanecer, naciente a través de los cadáveres
de aquellas aguas primerizas de la aurora.
Se
despertó Juan, como cada mañana, translúcido entre el reflejo de la luz por los
telarañosos ventanales del edificio cadavérico de la ciudad. Juan odiaba las
montañas en las que se podía subir: no había espacio para más ermitaños en el
mundo. El sendero primero de obligado recorrido que ofrecía el consciente para
surgir se arrastraba por un pasillo, y entraba mansamente en aquella cocina que
contenía, como cada mañana, una bollería industrial empañada en grasa invisible
y monotonía constante.
Descendió
de la cima de su edificio, dispuesto a descubrir el motivo de su ansiedad
anidada; un sentir de vacío que le recorría las entrañas cada segundo de su
existencia, mostrándose a cada suspiro que aspiraba más asfixiantemente atroz.
Por el camino a la iglesia se encontró con el viejo que mendigaba en la esquina
de la calle.
-
Suerte tengo, hoy Octubre, de encontrarme con un muchacho madrugador y amable y
compasivo, ¡qué dios te bendiga!
-
Estoy hace tiempo ya criando en mí un minino negro de vacío, que devora algo en
donde le albergo, y no logro saber qué es. A ti viejo, te han devorado todo, y
ahora pides en la esquina, humillándote por cualquier migaja de pan, sorbo de
vino o rastrojo de tela con la que cubrirte. Y, sin embargo, nunca oí de ti
queja alguna, ni inquietud, sino vaga espera, sólo consciente de su propia
condición.
-
No oirás de mí queja alguna en lo que se refiere a mininos hambrientos, pues el
único hambriento soy yo.
Las
calles al amanecer se postraban, grises, ante el Sol, bien intentando quizás
tornar su color a la existencia, o buscando de sus finas cuerdas de tejer las
cosas iluminadas. Bajó por ellas Juan, a razón de cuatro metros a seis pasos,
que no dos cada tres, y recorrió así cincuenta veces su sombra por los
adoquines hasta ser tragado por la tierra.
Al
otro lado de aquel barrio, emergió de la tierra igual que como había sido
engullido, más pobre y más amanecido el cielo, y con la papelera llena de
billetes sellados y muertos para desplazarse por la basta ciudad sin nombre.
Encontró
Juan la iglesia en el mismo lugar donde la había despedido la última vez. A sus
puertas se mecía la sombra de una gran cruz, cuya dueña se erguía portentosa
sobre la casa. Una muchacha le cogió del brazo al tiempo que este pronunciaba
entrecortada e incompletamente –Sal…-
Y
ella le besó. Ambos cuerpos, inmóviles, el de él tieso y frágil, el de ella
tranquilo e imponente. Y ambos fijos, como sus ojos, entrecerrados. Y ambas
lenguas, entrecruzadas, desafiante una, temerosa la otra, desafiando a la
quietud del tiempo. Cuatro eran pocas las paredes en aquellos momentos, donde
poder albergar la juventud. Y ella, al tiempo que se alejaba de su boca,
dejando claros hilos de saliva huérfanos en sus dientes romos, le reprochó en
voz suave:
-
Sabes que no me gusta que visites este lugar, si no crees. Creer es algo poco
serio, pero tú aquí te encuentras, delante de una sombra que te obliga a
arrodillarte ante su nada, alejándote cada vez más de mis ojos, de mis piernas
y de mi boca, y acercándote a su vez a los brazos de aquel que en ti no desea
estar y de quién tú no logras asesinar, y eso resulta menos serio si cabe.
-
No lo encuentro todavía.