viernes, 27 de febrero de 2015

Duele

Y si ahora escribo en un latón, en beis;
sordera clásica de pie, y frente a mí,
perenne.

Y si en el llanto pruebo que es, quizás mejor, callar;
volveré acaso a marchitar, la exhalación del ansia,
las campanas.
Vomitando infancia, la quiero y nunca existió,
oh mira, un recuerdo, una enfermedad.




En el pasado que aún no está, ni bien ni menos, enterrado;
pasean risas y cabellos
largos y oscuros, por el tejado, firmas de tierra
granates.
Viviendo…
¡Se va del cielo otro rojo sol del mar!
¡oh escucha, mi cielo, las palabras!
del negativo



Y si camino otra vez, para empezar, al son;
del nuevo invierno y del calor deben nacer, después,
las entrañas.
                                      Floreciendo entre tus ramas de sal.
¡No hay mar, no hay siempre!        Sintiendo…                  
¡por qué, si solo quiero amar!, ¿por qué es silente la ausencia?
te.



Si no te encuentro júrame, en cada playa, en el ya,
una sonrisa marchitada, un laberinto, un millar
de auroras.
Sintiéndome
¡Buen viaje, Mara,                          medrar.
te vas, y aun así no te has ido,
aprenderé, mi amor, a escribir

Sintiendo…

adiós.                                              …el adiós.

sábado, 14 de febrero de 2015

La soledad del contrabajo

Cuando entorno los párpados escucho la orquesta del ruido tumultuoso y la
mentira erguida. Y escucho al contrabajo.
La cifra, el decimal, el exponente más absurdo.
Me observo como contrabajo en los staccatosmás profundos del alma.
Morir no es más inexacto que vivir como un nexo aislado de caoba.
La melodía del contrabajo de viento es inexacta.
La soledad del contrabajo de humo es absoluta.


Entono el ineludible cantar de los arenales. Lo ontológico son manzanas que se     
                                           [pudren en la cuerdas del contrabajo de viento.
Lo grave es inexacto y doloroso. Como el signo de la suma:
vehicula el amor pero nunca será amado.
El staccato del contrabajo es la soledad del daimonium desprendido.
La soledad del contrabajo es la desolación en el oxímoron

jueves, 12 de febrero de 2015

Repetición

Fue un rostro entre un sinfín
de calles y barniz, un elaborado cúmulo.
Fuiste un sí que jamás te creíste,
todo lo que era verdad
pasó a otra estación:
sonabas tan real, te escuchaba tan real
que de pronto olvidé.

Y ahora se escapa de dentro de mí,
el ahora se escapa dentro de mí,
ahora te escapas de dentro mí,
y ahora escapa dentro de mí.

Masas de hedor,
dos ojos verdes y un rostro
voló, viaje de espuma y
alondras sordas dentro de mí,
un millar de alondras dentro de mí.

Fluye y no es real.
Vuelo de escarcha,                            [se escapa de dentro de mí]
alondras y grietas en mi pared          [ahora se escapan dentro de mí]

y socavones en mi jardín, no se distingue ya lo que soy de ti.

Rodajas de Cebolla

Las rodajas siguen acumulándose ahí:
presas del duplicado,
ansias color delfín.
Puedo aguantar la ausencia si no te vas,
pero el viento silva fuerte, un cúmulo de gas dormita.

Así que si me quieres déjame ir,
borra el tiempo con la herida;
esfúmate antes de que cierre los ojos,
no puedo odiar lo que no es real:
por todos aquellos pájaros de sal
que no sonreirán en su vuelo de carne;
no esperaré más en el desván de los abrazos,
pienso,
las canciones que decían tu nombre nunca debí haberlas escuchado solo.


Aún sigo aplastando las cebollas contra mis labios,
arrastrándolas hacia los filos de las rocas, filos en el océano.
Aún sigo echando de menos los gemidos,
pero continuo mordisqueando, me niego a despertar.

Llórame, no quiero oírte,
acepté el silencio desde que empezó a sonar
la caja de música del cada vez,
el crepitar clareado del telón.
Solo desearía que no fueras tú,
que fueras un viejo árbol u otra solitaria flor,
sería tan fácil arrancarte…
Las semillas rojas que esparciste
solo han servido para engullir otra cebolla.

¿Así que durante el naranja y suave beis
caerán las hojas sobre mi acera?
no volveré a saltar peldaños blancos,
ya hace mucho que el vaquero se murió.
Al menos podrías haber sido un parral,
una polilla o un adiós,
pero quisiste ser un sabor, y lo sé,
las canciones que escupían tu nombre nunca antes debí haberlas imaginado

miércoles, 11 de febrero de 2015

Un beso (reflejo)


No te resistas, alma pura,
                        pues en tu cielo nunca habita
                        piedra ninguna, alma de espuma,
                        amor de espuma.

                        Un cielo gris de alondras grises,
                        una mirada, una estampida
                        de fieros siervos de lo bello,
                        entre los albores.

                        Los labios prietos cederán,
                        a la presión de los claveles,
                        entre un manto de caricias
                        y de palabras.
                       
Un ariete sonrosado,
                        de suaves carnes de metáfora,
                        llama a la puerta de un castillo submarino,
                        y le responden…

                        Y yo por siempre recordaré,
                        lo que un día fue para mí,
                        la vida entera en un instante
                        de piel cálida..

                        Nunca en mi alma curará,
                        la bella cicatriz de azul recuerdo,
                        de aquella amiga de la noche
                        y de lo tenue…

                        La abierta herida de ultratumba,
                        que solo cierra si está vivo
                        el sentimiento de aquel beso
                        del que soy padre.

                        Y yo por siempre reviviré,
                        el bosque ambiguo de la historia,
                        de aquel instante arbolado.
                        El bosque en un beso

domingo, 8 de febrero de 2015

II



Como cada mañana, las gotas empañadas de agua que la lluvia sacrificaba a la urbe se arrojaban sin dubitación sobre los cristales translúcidos de los edificios, que se ofrecían telarañosos al fugaz amanecer, naciente a través de los cadáveres de aquellas aguas primerizas de la aurora.

Se despertó Juan, como cada mañana, translúcido entre el reflejo de la luz por los telarañosos ventanales del edificio cadavérico de la ciudad. Juan odiaba las montañas en las que se podía subir: no había espacio para más ermitaños en el mundo. El sendero primero de obligado recorrido que ofrecía el consciente para surgir se arrastraba por un pasillo, y entraba mansamente en aquella cocina que contenía, como cada mañana, una bollería industrial empañada en grasa invisible y monotonía constante.

Descendió de la cima de su edificio, dispuesto a descubrir el motivo de su ansiedad anidada; un sentir de vacío que le recorría las entrañas cada segundo de su existencia, mostrándose a cada suspiro que aspiraba más asfixiantemente atroz. Por el camino a la iglesia se encontró con el viejo que mendigaba en la esquina de la calle.

- Suerte tengo, hoy Octubre, de encontrarme con un muchacho madrugador y amable y compasivo, ¡qué dios te bendiga!

- Estoy hace tiempo ya criando en mí un minino negro de vacío, que devora algo en donde le albergo, y no logro saber qué es. A ti viejo, te han devorado todo, y ahora pides en la esquina, humillándote por cualquier migaja de pan, sorbo de vino o rastrojo de tela con la que cubrirte. Y, sin embargo, nunca oí de ti queja alguna, ni inquietud, sino vaga espera, sólo consciente de su propia condición.

- No oirás de mí queja alguna en lo que se refiere a mininos hambrientos, pues el único hambriento soy yo.

Las calles al amanecer se postraban, grises, ante el Sol, bien intentando quizás tornar su color a la existencia, o buscando de sus finas cuerdas de tejer las cosas iluminadas. Bajó por ellas Juan, a razón de cuatro metros a seis pasos, que no dos cada tres, y recorrió así cincuenta veces su sombra por los adoquines hasta ser tragado por la tierra.

Al otro lado de aquel barrio, emergió de la tierra igual que como había sido engullido, más pobre y más amanecido el cielo, y con la papelera llena de billetes sellados y muertos para desplazarse por la basta ciudad sin nombre.

Encontró Juan la iglesia en el mismo lugar donde la había despedido la última vez. A sus puertas se mecía la sombra de una gran cruz, cuya dueña se erguía portentosa sobre la casa. Una muchacha le cogió del brazo al tiempo que este pronunciaba entrecortada e incompletamente –Sal…-

Y ella le besó. Ambos cuerpos, inmóviles, el de él tieso y frágil, el de ella tranquilo e imponente. Y ambos fijos, como sus ojos, entrecerrados. Y ambas lenguas, entrecruzadas, desafiante una, temerosa la otra, desafiando a la quietud del tiempo. Cuatro eran pocas las paredes en aquellos momentos, donde poder albergar la juventud. Y ella, al tiempo que se alejaba de su boca, dejando claros hilos de saliva huérfanos en sus dientes romos, le reprochó en voz suave:

- Sabes que no me gusta que visites este lugar, si no crees. Creer es algo poco serio, pero tú aquí te encuentras, delante de una sombra que te obliga a arrodillarte ante su nada, alejándote cada vez más de mis ojos, de mis piernas y de mi boca, y acercándote a su vez a los brazos de aquel que en ti no desea estar y de quién tú no logras asesinar, y eso resulta menos serio si cabe.


- No lo encuentro todavía.

sábado, 7 de febrero de 2015

No title

Los forzados féretros que
alumbran con luciérnagas la
consternada cabeza. La bruma, la
sesera invasora, invadida de esparto
que se quema lenta e inexorablemente.
No sabrán jamás mi nombre, no escucharán
los gemidos de un amanecer como el de hoy, preso
de la dominación más aberrante, todo por abrir un cajón:
simplemente el peso que provoca la nada cuando consolida
y desciende como el aceite denso y ocre, como la miel pegajosa
que de los labios se desprende al recordar, un sabor amargo que hiela
y a la vez provoca náuseas, un odio repentino de arrepentimiento bubónico
y consternación fláccida que cae y asciende, cae y asciende pulcra y cruelmente
sobre la marchita espalda, cargando, desgastando, humillando. Ya no soy sino perro noche enfermedad cúmulo ahogo humo secanal pútrido contenido continente corrupto cabizbajo nacarado autocompasivo autosuperado autoinventado autodestruido soñado deletreado desnudado independiente  hormigueo sosegado solo. Por abrir aquel cajón y encontrarte.