Las
rodajas siguen acumulándose ahí:
presas
del duplicado,
ansias
color delfín.
Puedo
aguantar la ausencia si no te vas,
pero
el viento silva fuerte, un cúmulo de gas dormita.
Así
que si me quieres déjame ir,
borra
el tiempo con la herida;
esfúmate
antes de que cierre los ojos,
no
puedo odiar lo que no es real:
por
todos aquellos pájaros de sal
que
no sonreirán en su vuelo de carne;
no
esperaré más en el desván de los abrazos,
pienso,
las
canciones que decían tu nombre nunca debí haberlas escuchado solo.
Aún
sigo aplastando las cebollas contra mis labios,
arrastrándolas
hacia los filos de las rocas, filos en el océano.
Aún
sigo echando de menos los gemidos,
pero
continuo mordisqueando, me niego a despertar.
Llórame,
no quiero oírte,
acepté
el silencio desde que empezó a sonar
la
caja de música del cada vez,
el
crepitar clareado del telón.
Solo
desearía que no fueras tú,
que
fueras un viejo árbol u otra solitaria flor,
sería
tan fácil arrancarte…
Las
semillas rojas que esparciste
solo
han servido para engullir otra cebolla.
¿Así
que durante el naranja y suave beis
caerán
las hojas sobre mi acera?
no
volveré a saltar peldaños blancos,
ya
hace mucho que el vaquero se murió.
Al
menos podrías haber sido un parral,
una
polilla o un adiós,
pero
quisiste ser un sabor, y lo sé,
las canciones que
escupían tu nombre nunca antes debí haberlas imaginado
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