Los
forzados féretros que
alumbran
con luciérnagas la
consternada
cabeza. La bruma, la
sesera
invasora, invadida de esparto
que
se quema lenta e inexorablemente.
No
sabrán jamás mi nombre, no escucharán
los
gemidos de un amanecer como el de hoy, preso
de
la dominación más aberrante, todo por abrir un cajón:
simplemente
el peso que provoca la nada cuando consolida
y
desciende como el aceite denso y ocre, como la miel pegajosa
que
de los labios se desprende al recordar, un sabor amargo que hiela
y
a la vez provoca náuseas, un odio repentino de arrepentimiento bubónico
y
consternación fláccida que cae y asciende, cae y asciende pulcra y cruelmente
sobre
la marchita espalda, cargando, desgastando, humillando. Ya no soy sino perro
noche enfermedad cúmulo ahogo humo secanal pútrido contenido continente
corrupto cabizbajo nacarado autocompasivo autosuperado autoinventado
autodestruido soñado deletreado
desnudado independiente hormigueo
sosegado solo. Por abrir aquel cajón y
encontrarte.
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