domingo, 8 de febrero de 2015

II



Como cada mañana, las gotas empañadas de agua que la lluvia sacrificaba a la urbe se arrojaban sin dubitación sobre los cristales translúcidos de los edificios, que se ofrecían telarañosos al fugaz amanecer, naciente a través de los cadáveres de aquellas aguas primerizas de la aurora.

Se despertó Juan, como cada mañana, translúcido entre el reflejo de la luz por los telarañosos ventanales del edificio cadavérico de la ciudad. Juan odiaba las montañas en las que se podía subir: no había espacio para más ermitaños en el mundo. El sendero primero de obligado recorrido que ofrecía el consciente para surgir se arrastraba por un pasillo, y entraba mansamente en aquella cocina que contenía, como cada mañana, una bollería industrial empañada en grasa invisible y monotonía constante.

Descendió de la cima de su edificio, dispuesto a descubrir el motivo de su ansiedad anidada; un sentir de vacío que le recorría las entrañas cada segundo de su existencia, mostrándose a cada suspiro que aspiraba más asfixiantemente atroz. Por el camino a la iglesia se encontró con el viejo que mendigaba en la esquina de la calle.

- Suerte tengo, hoy Octubre, de encontrarme con un muchacho madrugador y amable y compasivo, ¡qué dios te bendiga!

- Estoy hace tiempo ya criando en mí un minino negro de vacío, que devora algo en donde le albergo, y no logro saber qué es. A ti viejo, te han devorado todo, y ahora pides en la esquina, humillándote por cualquier migaja de pan, sorbo de vino o rastrojo de tela con la que cubrirte. Y, sin embargo, nunca oí de ti queja alguna, ni inquietud, sino vaga espera, sólo consciente de su propia condición.

- No oirás de mí queja alguna en lo que se refiere a mininos hambrientos, pues el único hambriento soy yo.

Las calles al amanecer se postraban, grises, ante el Sol, bien intentando quizás tornar su color a la existencia, o buscando de sus finas cuerdas de tejer las cosas iluminadas. Bajó por ellas Juan, a razón de cuatro metros a seis pasos, que no dos cada tres, y recorrió así cincuenta veces su sombra por los adoquines hasta ser tragado por la tierra.

Al otro lado de aquel barrio, emergió de la tierra igual que como había sido engullido, más pobre y más amanecido el cielo, y con la papelera llena de billetes sellados y muertos para desplazarse por la basta ciudad sin nombre.

Encontró Juan la iglesia en el mismo lugar donde la había despedido la última vez. A sus puertas se mecía la sombra de una gran cruz, cuya dueña se erguía portentosa sobre la casa. Una muchacha le cogió del brazo al tiempo que este pronunciaba entrecortada e incompletamente –Sal…-

Y ella le besó. Ambos cuerpos, inmóviles, el de él tieso y frágil, el de ella tranquilo e imponente. Y ambos fijos, como sus ojos, entrecerrados. Y ambas lenguas, entrecruzadas, desafiante una, temerosa la otra, desafiando a la quietud del tiempo. Cuatro eran pocas las paredes en aquellos momentos, donde poder albergar la juventud. Y ella, al tiempo que se alejaba de su boca, dejando claros hilos de saliva huérfanos en sus dientes romos, le reprochó en voz suave:

- Sabes que no me gusta que visites este lugar, si no crees. Creer es algo poco serio, pero tú aquí te encuentras, delante de una sombra que te obliga a arrodillarte ante su nada, alejándote cada vez más de mis ojos, de mis piernas y de mi boca, y acercándote a su vez a los brazos de aquel que en ti no desea estar y de quién tú no logras asesinar, y eso resulta menos serio si cabe.


- No lo encuentro todavía.

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